02 Dic El juego de cocinar
La “culturización” de un grupo humano
pasa por un proceso en el que se hacen presente muchísimas variables; el
entendimiento del hecho artístico, por ejemplo, sirve mucho para desarrollar
parámetros de “cultura” en una sociedad determinada; pero, también una serie de
hechos cotidianos, sencillos y nada complicados modelan el pensamiento critico
fundamental para la adquisición de valores culturales y en él, intervienen
acciones de inmensa cotidianidad que suelen pasar inadvertidas.
Tal es el caso de la gastronomía.
Pongamos de lado el hecho cierto de que en los últimos años el oficio de
cocinar ha adquirido presencia de “rock Star” afectando muy positivamente el
oficio hasta convertir algunos cocineros en celebridades con ingresos fabulosos
y éxito social insuperable.
Ahora bien, ¿es la gastronomía un
bien cultural? No hay duda que la respuesta es un si rotundo. La forma en que
comemos y las cosas que comemos definen en mucho lo que somos, convirtiéndose
en el gran elemento unificador de un colectivo muchas veces separado por
diferentes motivos; sin embargo, esa no es una condición fortuita. No comemos
todos la misma cosa porque “eso es lo que hay”. Lo hacemos porque,
simultáneamente, aprendemos que eso es lo que se come, razonamiento que aplica
a comidas para festividades determinadas, comidas para épocas precisas y/o
repostería propia – quizás lo que más nos recuerda el origen común –
Es, como todo lo que nos forma
conciencia colectiva, un proceso de aprendizaje que, usualmente, se empieza a
vivir a temprana edad. No es fijo, no es inamovible y responde de muchos modos
al asunto generacional. Es posible que la abuela le haya enseñado a sus hijos a
comer arroz con leche en su día de cumpleaños y estos lo hagan, pero, agregándole un bizcocho de chocolate que aprendieron a disfrutar
independientemente. El resultado es, la enorme posibilidad de que los nietos
terminen aceptando sin reservas al bizcocho de chocolate acompañado de arroz
con leche pues eso fue lo que aprendieron. Ese aprendizaje, extrapolado, es el
que mueve el afecto por las comidas criollas. Es decir, por las comidas de casa
“de toda la vida” que, con pocas variantes, pasan de una generación a otra y se
convierten en emblema de un gentilicio; por ejemplo, lo que en Venezuela
llamamos Granjería Criolla, es decir, los sabrosos dulcitos que se
preparan en casa según recetas ancestrales y que, aunque se modernicen los
instrumentos, se faciliten las preparaciones e incluso se sustituyan unos
ingredientes por otros, siguen teniendo el sabor inolvidable de la nostalgia de
los mayores.
Consideramos tan valioso el
significado de ciertas recetas tradicionales que, de vez en cuando, nuestra
ludoteca Gabriele Sanesi, se convierte en salón de experimentación gastronómica
como excusa para darle a los niños beneficiarios un elemento adicional de
aprendizaje.
Ayer fue el turno de las queridas
“papitas de leche”. Un “bombón” de leche condensada que, por generaciones, ha
sido parte de la gastronomía “dulce” más ranciamente venezolana. Sobre todo,
andina, ya que son el principio de los famosos dulces abrillantados que tanta
fama le dan a Mérida. Reunidos en torno a la mesa de trabajo, los chiquitines
asiduos de la ludoteca, sus madres y abuelas e incluso algunos de sus amigos,
aprendieron a hacer este dulce tan nuestro mientras cumplían con una larga
serie de actividades lúdicas de aprendizaje.
Aguinaldos, biografías de famosos
músicos y cantantes venezolanos, un coro informal e improvisado de nuestros
cantos navideños, portadas para libros en los que guardar recetas y, por
supuesto, varias docenas de riquísimas papitas de leche que, por ahora,
constituyen un regalo que los niños llevaron a sus casas por el inicio de las
fiestas de Navidad. Así fue un día más en la Ludoteca Gabriele Sanesi, un día
en el que contribuimos con alegría al acervo cultural de nuestros chiquitos.
![]() |
.jpg)

.jpg)
.jpg)
No Comments